
No vuelvas a preguntar ¿Cuándo?, por favor. ¿OK?
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Cuando tú odias, odias demasiado. Como a la gente que va contigo en el carro del metro, o la gente de la micro. Y detestas sus conversaciones. Sobretodo las conversaciones de mujeres. Te hacen recordar ciertas conversaciones, de cierta gente. Odias. Y odias más el hecho de no poder recordar. Vives con la cabeza aguada. Mucha agua estancada. Se hace evidente la necesidad de… ya lo olvidamos.
No recuerdas la prueba. Sólo recuerdas el pasto. El sol. Las nubes.
¿Quién te hace la pregunta? Pandita. ¿Estás embarazada Pandita? Aquí tengo un par de pastillas, te las vendo a medio palo. Ahora tú sales Pandita, sales a la calle y ves a las otras mujeres levantando lienzos, pancartas, ves que la Moneda está llena de gente, es decir hay mucha gente aglomerada frente a la Moneda y tú te das cuenta que esa gente preferiría estar en una situación distinta a la que estás tú ahora. Eso piensas que le dices o dirías a Pandita. Prefieres olvidarte de ella. No darle mucha bola. Porque tu interés ahora es Gee. Pero ella, si bien al principio se emocionó al recibir el regalo ése, después se incomodó con tu falta de misterio… Está bien, no eres el hombre más listo del mundo. No eres el tipo de hombre femicida que atrae a las mujeres. Pero eso está bien, es sólo cuestión de pegar un silbido y la nube te alcanza sus cuerdas para llevarte hasta el techo del cielo.
Y todavía no recuerdas lo que odias.
Hubo una cascada de risas.
Las risas te provocan odio. Sobretodo si no querías provocarlas. Odias también que la gente no goce con tus recitaciones, que no sonrían con tus versos como sí lo hacen con los versos de Mellado. Pero no importa. Es sólo cuestión de pegar un silbido. Tú estás aparte de todo. Así como Mahoma estuvo al borde también, y así es que después miles de palabras fueron escritas de derecha a izquierda, y se construyeron cúpulas, edificios con cúpulas que apuntan al cielo. Te pareció reconocer un edificio así cuando ibas por Los Leones, ¿cierto? En una micro por esa calle. Y odiabas a la gente dentro. Y podías iniciar una Guerra Santa desde tu asiento, y eso sería: subir el volumen de la música desde dentro de tu pecho. Bombeando más rápido que el motor de la micro. Tienes tus manos cobijadas en los bolsillos de la chaqueta. A tu lado hay una persona que duerme, tú llevas gafas oscuras. Miras por la ventana. Miras gente que camina. Sobre las calzadas. El cielo está arriba pero no ves a tu nube. Oscurece. Es la primera vez que oscurece así: tan de repente. No oyes las conversaciones, no les prestas atención. Miles de historias que no era necesario conocer. Parecía un espejo el agua minutos atrás. Era el agua que se había acumulado en la acera. En un cuadrado que junto a otros cuadrados formaban la acera que se multiplicaba aledaña al pasto de la Facultad. No era tu Facultad. Ahí, en ese pasto, ratas del color argentino corrían nerviosas en búsqueda de su madriguera. Serían las mismas ratas que se hundían en largas conversaciones debajo de tu casa. Luego ibas al baño y una de ellas golpeaba desde debajo de las alcantarillas esperando alguna respuesta que le llevara a replantearse su existencia. Y si no recibía una respuesta idónea de tu parte sencillamente retrocedía hasta llegar al pasto. El mismo sobre el cual habías estado hace pocos minutos. ¿Qué tan húmedo estaba?
Agua estancada. Otra vez. Y así casi siempre. No vuelvas…¿ok? Y no entiendes. Pero me refiero a ti ahora. No entiendes, repito.
El pasto. El mismo. O parecido.
Alguien te ofrece un porro. Encantado lo recibirías sino estuviera tu mente ya alucinada mirando los cuadrados de la acera. Tratas de calcular cuántos de esos cuadrados equivalen al ancho de la calle. Quizá unos doce. El pasto. Doctor Johow. Ignacio Carrera Pinto. Rodrigo de Araya…¿Qué nombre no combina bien con Araya? ¿Con quién no combinas tú al final? Y te afanas en descubrir cuántos cuadrados son los que equivalen al ancho de la calle. Usas tu cabeza en eso para no pensar en otra cosa. Para apaciguar la tentación de contactarte con Lavanderos y decirle que ahí cerca está la mujer que lo llevó a la cárcel. Sería un golpe maestro. Un golpe contra el Niño. Quieres remover de su trono al Niño. Ese es tu ideal… Quieres ofrecérselo en una mesa a los fariseos para que ellos hagan lo que quieran con su cuerpo, que destrocen su cuerpo, su carne, su alma, su espíritu. Que aparezca su mutilación en la primera plana de los papeles amarillos. Ahí cerca del pasto se están formando los futuros paladines del amarillismo. Los futuros Alejandras Valle, Villoutas, Jiles, Guillier, Sánchez, y todos esos errores de la naturaleza… y por qué no salvar al mundo ahora, por qué no prenderle fuego al pasto. Que las ratas sean las únicas que escapen a sus madrigueras subterráneas. Pero quizá sea mejor prenderle fuego a otras cosas. Quizá debas tomar el metro y llegar a la última estación. La última. Ahí te podrías tentar y dirigirte al burdel del Camino del Alba, pero a lo mejor no esté funcionando o te nieguen la entrada. Y piensas que mejor llegar a casa y descargarte en el teclado escribiendo una historia extraña, una prosa que no te hará digno del premio Nobel, por ejemplo. O bien llegar al edificio blanco y observar y observar los movimientos. Estudiar el movimiento de esos seres. Y rociar con combustible algunos pasillos, algunas salas, algunas bibliotecas. Y que todo eso quede envuelto en llamas. Pero piensas que si haces eso no podrías existir tú sobre el pasto, ni en el zócalo, ni podrían existir Gee y los otros. Pero también piensas que sería muy grato que no existieran más Sotellos, ni Esquiveles, ni Marambios…
¿Dónde está la nube? ¿Cuántos cuadrados podrán ser?
Jesus loves cock.
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